Abro los ojos y un destello, que se brinda paso a sí mismo a través de los resquicios de las persianas, prende llama a mi pecho. Un calor fresco, como el produce una especia picante en el paladar, mana directamente del corazón mezclándose con sangre nueva que recorre los arroyos de mi cuerpo. Todo fluye.
Cada una de las cavidades que me integran se iluminan: pulmones, estómago, hígado, intestinos… El amanecer me alumbra en esta flamante incursión a la vida.
Abro los ojos, no sin torpeza, desperezándome. La incandescencia de la creación me quema las retinas: el brillo que desprende tantísima perfección es difícil de soportar para las más tímidas miradas… Pero merece el dolor.
Todo ha cambiado aunque el mundo permanezca intacto. Y no puedo evitar echarme a llorar como la criatura que ve la luz por primera vez… Aunque ya me resultara evidentemente familiar porque aquí es donde pertenezco.
Buenos días, mundo.
Soy yo.
He vuelto.
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