Una hoja de papel en blanco.
Una mirada de soslayo.
Se
aproximó cautelosamente, guiado por un impulso de atracción inevitable.
Ella permaneció inmóvil en el sitio, cumpliendo su
papel, sugerente y expectante al mismo tiempo.
Él no pretendía abrumarla, pero se vio fatídicamente
arrastrado por un torrente de emociones que anularon toda intención voluntaria.
A merced de esa corriente indómita, sus manos se movieron por inercia: aquella
tez albina, que se exhibía en su desnudez más primaria y carnal, imploraba por
unas palabras sinceras, un testimonio de autenticidad que le proporcionase algún
sentido a su existencia.
Tanteó la superficie lunar, acarició cada esquina de
su piel con las pupilas, delimitó mediante cálculos instantáneos las medidas de
aquel espacio que se le antojaba infinito pero familiar. Por fin, sin más
dilación, se aventuró a besarla.
Templado e inmaculado, como el primer beso de una
madre a su recién nacido. Así resultó la naturaleza de un proceder ya carente
de torpeza, ya metódico en su costumbre. No obstante, aquella conquista inicial
no le privó de la angustia que le suscitaban sus inseguridades personales más
arraigadas. Su tendencia natural le instaba a planear con precisión y meticulosidad
el próximo acercamiento, aun cargando a cuestas con el temor por recaer en
errores pasados… Pero, en esta ocasión, la inspiración nubló cualquier rastro
de capacidad racional en su ser: se dejó llevar por el apasionado deseo de
expandir los límites de su cuerpo.
Él se esforzó en expresarse con delicadeza y
sencillez. Las pretensiones, las prisas: los problemas. Una palpitante
impaciencia se hacía patente en su pulso. El corazón amenazaba con desbordarse
si continuaba almacenando la energía de tanta vida vibrante en su interior.
Ella lucía una palidez tan impoluta que imponía sumo
respeto. Habitualmente, su materia se tornaba transparente bajo el influjo de
la luz solar, transformándola en la superficie de unas aguas cristalinas dignas
del manantial más virgen. Como una fuente de iluminación divina, un objeto de
adoración, se hacía admirar desde la lejanía. No obstante, su talento genuino
se desataba en las distancias cortas, en las que ese poder para incitar
emociones desbocaba hasta el espíritu más sereno.
Muchos se enredan regocijándose entre las hebras de
aquella telaraña enmarañada de palabras autocomplacientes; algunos caen presas
del colapso, carentes de recursos prácticos para reconducir la situación; otros
fingen, fingen, fingen: fingen ingenio, fingen enajenación, fingen lujuria. Él,
en cambio, había ido a dar con el sendero adecuado, aquel en el que sus pisadas
ya habían dejado huella antes de plantar sus pies. Estaba en el camino de la
certeza.
Continuó hacia delante, a cada paso menos tentado
por la opción de escapar. Las manos ya ni le pertenecían mientras se perdían
deliberadamente en el tacto sedoso de aquel cuerpo.
Al contener el aliento, si se prestaba mucha, mucha
atención, se podían escuchar los suspiros de su amante, susurros del gozo y el
placer de la piel. Una melodía muda, sutil, un canto de sirena en silencio que
ella se jactaba de modular gracias a un arte innato. Su quietud manifiesta era
una ilusión, un espejismo de sumisión, porque en verdad era ella quién sostenía
la batuta y dirigía la sinfonía con solemnidad.
Posó todo su peso sobre su presa y la apretó bajo su
figura. El aire que los separaba se había consumido. El oxígeno entre los dos
esperaba con ansias a entrar en combustión. Él se preparaba para crear el
universo en un abrazo…
Respiraciones entrecortadas.
Expectativas acechantes.
Temblores… Ternuras.
Despegó sus labios para sellarlos a continuación y
atrapar con la boca el sabor de la victoria. Mientras tanto, descendía a sus
profundidades con el propósito de profanarlas…
Una vez allí,
la agarró con uñas y dientes. La ocupó entera, de arriba abajo. La atravesaba
con la pasión de sus palabras una y otra vez. Reían, lloraban, gritaban y se
exprimían el uno al otro. Impregnaban sus identidades con la esencia de ambos.
Se desnudaban las almas hasta los huesos.
Era un intercambio. Una pelea. Una danza
espasmódica.
Se entrelazaban, se contorsionaban, se golpeaban con
violencia. Se arañaban a morir. Se querían a sangrar.
Ella ya no era la misma de antes. Aquella intrusión
la había congraciado con la identidad de una diosa, una progenitora de
maravillas. Se había transformado en la cerradura de la puerta que accedía
hacia el mayor milagro de la vida.
Él poseía la llave, pues no existe terreno
inaccesible para el humano. Habiendo aceptado vaciarse entre los márgenes de
aquella criatura que ahora se tensaba con la energía de un ser casi vivo,
asumía la responsabilidad de descubrirse ante el mundo y ofrecerle la humildad
de su legado… Solo porque las ideas son la fuerza motora que provoca el giro
incesante del eje de la Tierra.
No quedaba tiempo ni espacio. Los instintos se
fundían en blanco…
¡Ya!
Al fin.
Sucumbió.
Exhausto, se desplomó sobre el
cuerpo yacente e inerte de su génesis. La pluma se resbaló entre sus dedos y
fue a parar al suelo… ¿La cogería otra vez?
Un puñado de hojas de papel escritas.
Unos párpados que se cierran…
La ausencia de una firma es la promesa de continuación.
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