viernes, 1 de enero de 2016

Y sobreviví.

A las terroríficas e interminables madrugadas de insomnio.
Al reloj que me clavaba sus afiladas manecillas en las retinas y en los hombros con el peso muerto del tiempo que se fuga.
A los días de culpa, condena y esclavitud.
Al calvario y a la pasión.
A todas las noches en las que me sepultaba en la cama sin cenar.
Al hábito que acostumbra al estómago vacío.
Al vacío en las entrañas que colma el alma de sentimientos.
A las emociones disfrazas.
A las máscaras y antifaces que nos protegen y nos aíslan.
A los secretos, los silencios, las mentiras piadosas.
A las lágrimas que se derraman con sudor.
A las cintas de correr, las bicicletas estáticas, el fitness, las piscinas.
Al dolor placentero.
A las hormigas capaces de levantar hasta 50 veces su propio peso.
A los nervios de acero.
A ese esqueleto de cristal que soportó tantas cargas sin quebrarse.
A unos huesos de titanio que jamás se permitieron quebrantarse.
A esos mismos huesos presumidos que atravesaban piel y carne para exhibirse.
A la voluntad de hierro que se pierde en un suspiro...
A hablar en suspiros. A gritar con la boca cerrada.
A apretar los labios para que no entre ni el aire.
A abrirse el pecho bajo el agua de la bañera con un chillido silencioso.
A los seis litros de agua diarios.
Al té que me templaba con su vapor el corazón congelado.
Al frío que corta como cuchillas de afeitar.
Al insufrible frío que invade las almas desnudas...
A las mil capas que me cubrieron en invierno.
A los abrazos calientes que nunca se dieron.
A los besos que me aguanté. A los besos que regalé en contra de mis deseos.
A perderse en el camino. A encontrarse perdido en el mundo. A perderse encontrando y a encontrarse perdiendo.
A no soñar, ni de noche ni de día.
A vivir en una pesadilla.
A los espejos.
A los reflejos en los escaparates.
A los maniquíes.
Al tallaje tramposo.
Al Photoshop.
A la belleza.
Al arte.
Al amor.
Al desengaño.
A todo aquel que cometió una traición.
A todo aquel que huyó despavorido.
A los que evitan problemas.
A los problemas en sí mismos.
A los métodos poco ortodoxos.
A las medidas desesperadas.
A los tiempos aún más desesperados.
Al autoengaño.
Al poder de la mente.
A las obsesiones.
A tomar el control.
A perderlo todo.
A ganarse el infierno tocando el cielo.
Al duelo y al luto.
A los hospitales.
A las amistades tóxicas.
A la mala educación.
A las pocas aptitudes y competencia de algunos profesionales.
A las negligencias médicas.
A los ataques de ansiedad.
Al prozac.
A los duros mazazos con los que se hace consciente la realidad.
A los números, las cifras, las sumas y las restas.
A las básculas y los metros.
A los mitos populares.
Al reconocimiento personal.
A las puñaladas traperas.
A las zancadillas.
A los obstáculos.
A las espinas de las rosas.
A las nubes en el cielo.
A la piedra en el sendero.
A los baches.
A los paréntesis.
A los malos recuerdos.
A los traumas.
A las fobias.
A la valentía que roza la estupidez.
Al miedo a fracasar.

Gracias.
Les doy las gracias a todos.
Porque gracias a ustedes hoy soy más fuerte.
Gracias a ustedes hoy aprecio la preciosa cantidad de tesoros que poseo.
Gracias a ustedes hoy amo la vida.
Gracias a ustedes y a día de hoy todavía respiro.
Gracias a ustedes todavía me queda una larga y peligrosa travesía por andar.
Gracias a ustedes he vuelto a soñar.
Gracias a ustedes soy una superviviente.

He sobrevivido a 2015.
Ahora toca volver a la vida... Para el resto de los años.

1 comentario:

  1. Precioso Ali. Las palabras son muchas veces la mejor medicina y el mejor método para canalizar las emociones y dejar salir esa parte de nosotros que albergamos en lo más hondo. Eres grandiosa y maravillosa.

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